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Tema: La economía mexicana en 2003
ha registrado una modesta tasa de crecimiento motivada por la falta de
dinamismo de los componentes de la demanda interna y por el débil
tirón de la demanda externa. En este contexto el gobierno de Fox sigue
apostando por la estabilidad y la convergencia con Estados Unidos, pero las
dificultades con las que han tropezado las reformas estructurales han
despertado algunas sombras: (a) ¿podrá mantenerse el objetivo de
la política fiscal compatible con los distintos niveles de
endeudamiento?; (b) ¿cual será el impacto de la
depreciación del tipo de cambio del peso sobre la evolución de la
inflación?; (c) ¿se ha producido una diversificación de
las exportaciones que garantiza una cierta fortaleza de la balanza comercial y,
por tanto, de la cuenta corriente?; (d) ¿se ha alcanzado un esquema
estable en la financiación externa del país?; y (e) ¿ha
cambiado el esquema de inserción de México en el proceso de
globalización?
Resumen: El año 2003 ha sido un
año de bajo crecimiento, pero la economía mexicana ha conseguido
mantener la estabilidad y, gracias al nivel de los precios del petróleo,
alcanzar la meta fiscal que se había propuesto conseguir. El hecho de
que no hayan prosperado las reformas estructurales es decir, la fiscal,
la energética, la laboral y la del Estado presenta importantes
sombras para el buen comportamiento de la economía para el presente
año 2004. No obstante, si los precios del petróleo se mantienen
en torno a los 23 US$ barril es posible que se cumplan los objetivos fiscales.
Pero debe tenerse en cuenta que el país necesita recuperar su tasa de
crecimiento de largo plazo para que el objetivo fiscal sea sostenible con los
distintos niveles de endeudamiento público. Al mismo tiempo, la
evolución seguida por el tipo de cambio del peso desde finales del mes
de abril plantea interrogantes sobre el pass-through y, por tanto,
sobre la estabilidad de precios en los próximos años. Sin
embargo, México ha conseguido una significativa diversificación
de sus exportaciones que ha permitido reducir el peso del petróleo al
11,5% del total de las ventas externas, ha reducido el déficit de la
cuenta corriente gracias también a la mayor importancia de las remesas
de emigrantes y ha cambiado, en principio, su inserción en la
globalización internacional y su esquema de financiación externa.
Desde 1996, en el desarrollo del marco de apertura y liberalización de
la economía, México se ha constituido como uno de los principales
receptores de inversiones directas españolas en actividades financieras,
utilities (energía eléctrica, gas y agua),
telecomunicaciones y actividades comerciales y turísticas, sectores de
interés estratégico para las empresas españolas.
Análisis: La marcha de la
economía mexicana a lo largo de 2003 refleja que la esperada
recuperación no ha seguido la trayectoria imaginada. El PIB real
crecerá en torno al 1% poniendo de relieve una falta de dinamismo debida
a que la recuperación de la economía de Estados Unidos no ha
estimulado, con suficiente intensidad, las exportaciones manufactureras del
país, y al mismo tiempo que no se ha verificado una significativa
recuperación del consumo privado ni de la inversión. El
débil comportamiento de estas variables ha influido de manera negativa
en la evolución de la actividad industrial, incluida la industria
maquiladora. De esta forma, no resulta extraño que la industria
manufacturera en su conjunto haya registrado, a lo largo de los diez primeros
meses del año, una tasa de crecimiento negativa reflejo de que gran
parte de las ramas que la componen han tenido, con pocas excepciones, tasas
negativas.
El escaso dinamismo de la demanda externa, a pesar de la
reactivación de la economía de Estados Unidos, no ha contribuido
a la necesaria recuperación de los sectores cuya producción tiene
en los mercados externos su principal destino, como es el caso de las
industrias metálicas, de maquinaria y equipo, la industria textil, de la
confección y del cuero, y de otras actividades manufactureras. Asimismo,
en la demanda interna, el consumo ha mostrado cierta debilidad a pesar de
contar con condiciones tan favorables como bajos tipos de interés y
abundante crédito al consumo en un contexto de precios estables o con
tendencia a la baja. Aún así, su crecimiento ha sido
débil, y esta debilidad ha contagiado no sólo a los sectores
industriales productores de bienes de consumo destinados al mercado interno,
sino también al comercio, las actividades de energía
eléctrica, gas y agua y a los servicios comunales, sociales y
personales, y también, aunque en menor medida, a la construcción.
En buena parte, la fragilidad del consumo se explica por la incertidumbre que
existe en el mercado de trabajo. El desempleo formal ha aumentado y lo ha hecho
también el desempleo en el mercado informal, lo que se ha traducido en
un bajo crecimiento de los salarios. El clima que genera la situación de
escasas perspectivas de empleo y de leve mejora de los salarios es el que
incide con mayor fuerza en las decisiones de consumo, y así se ha puesto
de relieve en este año puesto que ha habido un mayor acceso al
crédito a mejores tipos de interés y los precios, tal y como se
refleja por la evolución del IPC, se han reducido respecto al 2002 en el
1,8%.
La débil recuperación de la demanda externa
conjugada con la atonía de la demanda interna, incluso en la
construcción, ha supuesto una falta de estímulo para las
industrias de bienes intermedios, principalmente la siderurgia y
transformación metálica, el vidrio, cemento, cerámica y
madera, que vienen registrando a lo largo del año tasas de crecimiento
negativas. Las únicas actividades que han mostrado un perfil de
crecimiento más significativo han sido: las agropecuarias, la
minería del petróleo, y en la industria los sectores de
alimentación, bebidas y tabaco, los derivados químicos y del
petróleo, los productos de plástico y caucho, los productos de
minerales no metálicos, papel y artes gráficas, y en los
servicios las actividades financieras, inmobiliarias, transportes y
comunicaciones. Con todo, lo más preocupante es la falta de indicios de
que existan soportes firmes sobre los que se pueda asentar un proceso
sólido de recuperación para el año 2004.
Otro de los elementos que no ayuda a que se materialice la
recuperación de la demanda interna es la orientación de la
política fiscal. A pesar de que han crecido los gastos de consumo del
gobierno, no ha sucedido así con los gastos de inversión, ni
siquiera los enmarcables dentro del Pidiregas (acrónimo de
Proyectos de Inversión Diferida en el Registro de Gasto, es decir
proyectos realizados por empresas privadas que son después reembolsados
por el sector público en un plazo establecido). El gobierno mantiene su
estrategia de controlar el déficit público y, en este sentido, su
objetivo para el 2003 ha sido conseguir que el superávit primario se
sitúe en el 0,5% del PIB. Esta política, sin embargo, discurre
por márgenes muy estrechos determinados por la limitada capacidad del
Estado de obtener mayores recursos. Los ingresos públicos en
México representan el 16% del PIB y de ellos el 5% proceden de PEMEX y,
en menor medida, de otras empresas públicas, por lo que apenas el 11%
tiene su origen en impuestos. No resulta extraño, por tanto, que
México sea junto con Venezuela el país con menor
recaudación fiscal respecto al PIB del grupo de los siete países
más importantes de América Latina.
El objetivo del 0,5% del PIB es fácil que se pueda
alcanzar gracias a los mayores recursos procedentes del petróleo, ya que
los ingresos previstos se calcularon según una estimación de
precios del petróleo de 18,35 US$ barril y la media para el conjunto del
año se situará en torno a 24,50 US$ barril. Al mismo tiempo, ha
aumentado la recaudación fiscal tanto por la subida del IVA, aprobada el
31 de diciembre de 2002, como por la mayor presión fiscal. Aunque han
aumentado los gastos financieros y las transferencias a los estados y
municipios, se ha ejercido un control sobre los gastos. Por tanto, a pesar de
un crecimiento del gasto público mayor del establecido, el resultado
probable es que se alcance el objetivo previsto. Tampoco el déficit
adquiere una mayor dimensión cuando se observan las cuentas
públicas desde una perspectiva más amplia como sería la
que proporciona las necesidades financieras del sector público. En este
caso, las necesidades financieras incluirían en su cálculo los
pasivos del gobierno ocasionados por el IPAB (fondo de rescate de los bancos
comerciales establecido en los noventa), el Pidiregas y otros
fideicomisos, y todo apunta a que no superarán el 0,5% del PIB, debido
sobre todo al escaso número de proyectos impulsados en el marco del
Pidiregas.
La evolución de las cuentas públicas es
también una muestra de la política seguida por el gobierno Fox de
mantener el stock de deuda estable en términos nominales y reducirlo en
términos relativos respecto al PIB. La deuda pública neta a
finales de septiembre de 2003 representa el 25,5% del PIB (el 13,4% interna y
el 12,1% externa). Esta categoría no tiene en cuenta la deuda de otras
entidades públicas, de manera que es relevante estimar el nivel de la
deuda pública total. Así, si a la deuda pública neta se le
añade la deuda del IPAB (11,9% del PIB a finales de septiembre), de los
Piridegas (4,5% del PIB), del Farec y otros fideicomisos se
estima que a finales de 2003 se situará en el 43% del PIB, y si se le
añaden los pasivos que se deriven de la reforma del sistema de pensiones
de la seguridad social, que algunos estudios cifran en el 80% del PIB, el stock
total de deuda se situaría en torno al 123% a finales de 2003. Surge
inmediatamente la pregunta ¿es sostenible la situación fiscal de
México en un horizonte de largo plazo?, o expresado de otra forma:
¿pueden alcanzarse superávit primarios sostenibles con los
distintos niveles de la deuda pública?
En un trabajo reciente, Blázquez y Santiso
(México, ¿un ex-emergente? DT 2/03, Servicio de
Estudios BBVA) establecen varios escenarios, según la metodología
de Blanchard, (Suggestions for a New Set of Fiscal Indicators, OECD
WP nº 79) a partir de la combinación de tres estimaciones de deuda
publica (23%, 40% y 120% del PIB) con tres posibles niveles de los tipos reales
de interés (3,7%, 4,7% y 5,7%) y una trayectoria de crecimiento del PIB
a largo plazo del 3,1%. Y los distintos resultados obtenidos les permiten
afirmar que sólo en circunstancias muy desfavorables la situación
podría tornarse insostenible, por lo que a la luz de los datos
obtenidos, la política fiscal de gobierno es sostenible incluso cuando
se suman a la deuda tradicional los demás pasivos públicos.
Incluso cuando se lleva el análisis al extremo (con la inclusión
del valor presente descontado del coste de transición del sistema de
pensiones), la situación también sigue sostenible en el caso
base (Blázquez y Santiso, 2003).
Los distintos escenarios de sostenibilidad de la deuda
pública mexicana fueron mejorados por los resultados de los
superávit primarios obtenidos por el sector público en
México desde 1996 hasta el 2001, puesto que se situaron en promedio
anual en el 2,3% del PIB. De hecho, en los años 2000 y 2001 las tres
principales agencias (Moodys, Standard & Poors y Fitch IBCA) de
calificación de riesgos otorgaron a México la calificación
de grado de inversión para la deuda soberana a largo plazo
denominada en moneda extranjera, lo que vino a indicar que estos activos
presentan una baja probabilidad de impago o default, de forma que
México se convirtió en un país donde es posible
invertir para una gama más amplia de inversores, en particular
aseguradoras y fondos mutuos norteamericanos, y en el que se ha reducido la
magnitud de potenciales choques de liquidez negativos (Blázquez y
Santiso, 2003); al mismo tiempo, con la nueva calificación México
se beneficiaba de menores tipos de interés para su deuda y un riesgo
país más reducido. Pero además, los países
calificados con la categoría grado de inversión se
caracterizan por la baja volatilidad de su actividad económica, baja
volatilidad que se debe en parte a que la política fiscal contribuye, en
el conjunto de la política económica, a la estabilidad mediante
el desempeño de un papel anticíclico. Sin embargo, en el caso de
México esto no viene sucediendo así desde 1996, sino todo lo
contrario. Cuando el gobierno obtiene mejores resultados de lo previsto sea
porque aumenta la recaudación fiscal y/o porque se incrementan los
precios del petróleo, aumenta los gastos para no superar el objetivo
previsto, lo que determina que su política fiscal adquiera un
carácter procíclico, que si bien anima la actividad de la
economía contribuye a acentuar su mayor volatilidad y, en alguna forma,
puede hacer rebrotar cierta inestabilidad.
La estabilidad ha constituido uno de los ejes centrales de
la política económica desde el gobierno de Zedillo y ha
continuado con el gobierno de Fox. A tal fin, los gobiernos han seguido, desde
la crisis rusa de agosto de 1998, una política de convergencia nominal a
medio plazo con Estados Unidos. En esta política el Banco de
México ha mantenido el sistema de metas de inflación con el
objetivo de que para el conjunto de 2003 la inflación se sitúe en
el 3%, con una desviación de un punto porcentual, para lo cual ha
mantenido inalterada la cantidad diaria (corto) de pesos que los bancos pueden
tomar en el banco central. Se esperaba un cambio en el denominado corto
monetario a medida que se redujese la inflación, pero la autoridad
monetaria no ha introducido ninguna modificación de su política
por la trayectoria depreciatoria seguida por el tipo de cambio y ante el hecho
de que, si el peso sigue depreciándose, puedan reavivarse las
expectativas inflacionistas. El cumplimiento de los objetivos anuales
establecidos para las metas de inflación han hecho que el Banco de
México goce de una bien ganada credibilidad, y la seguirá
conservando con los resultados de 2003, puesto que se estima que la
inflación medida por el IPC se situará por debajo del 4%. Sin
embargo, el principal reto con el que se enfrentará ya desde finales de
2003 será reducir el pass-through del tipo de cambio a la
inflación. En este sentido, la mayoría de los estudios que
analizan el pass-through mexicano concluyen que es bastante elevado,
por lo que la depreciación del tipo de cambio del peso tendría un
amplio impacto negativo en la evolución de la inflación.
De ser así, la convergencia nominal en la
evolución de precios con Estados Unidos dependería de la
estabilidad del tipo de cambio, razón por la cual el Banco de
México debería incidir en la marcha del tipo de cambio para
mantener la inflación bajo control. Pero resulta bastante complejo
tratar de ejercer algún tipo de control sobre el comportamiento del tipo
de cambio en un sistema de tipos de cambio flexibles, por lo que el
desafío se encontraría en establecer una reducción
significativa del pass-through del tipo de cambio a la
inflación.
El cambio de tendencia del tipo de cambio del peso respecto
a la vigente en el periodo 1999-2002 se inició en abril y comenzó
a acentuarse a finales de junio por la confirmación de la sospecha de
que sería casi imposible llevar a cabo las reformas estructurales que el
país necesita durante el mandato del presidente Fox. La
depreciación del peso, que en el segundo semestre del año ha
pasado de 9,96 pesos por US$ a 11,20 pesos por US$, es posible que siga el
curso de un suave deslizamiento que le colocaría según diversas
estimaciones en 11,80 pesos por US$ a finales de 2004. Pero en la segunda mitad
de 2003 apenas se ha sentido el pass-through, por lo que no se han
verificado los efectos negativos de la depreciación del tipo de cambio
en las expectativas de inflación. Mientras tanto, si éstas se
mantienen así, la depreciación contribuiría a la mejora de
la competitividad externa de la economía que se había
deteriorado, en parte, con la apreciación de los últimos
años.
A la estabilidad del tipo de cambio, a pesar de la suave
tendencia depreciatoria que se prevé para el próximo año,
puede contribuir el comportamiento de la balanza de pagos. En México,
desde mediados de los años noventa, ha tenido lugar una importante
transformación en el sector exterior: la economía presenta un
mayor grado de apertura, ha aumentado significativamente el volumen de sus
exportaciones y se ha registrado un cambio en la composición de sus
principales rubros y, lo que se señala como un nuevo rasgo a destacar
por encima del resto, como consecuencia de la diversificación de la
pauta exportadora se ha reducido la volatilidad de los ingresos por
exportaciones.
El mayor grado de apertura se pone de manifiesto cuando se
verifica que mientras la suma de exportaciones e importaciones en
relación al PIB en 1994 representaba el 28%, en 2003 se estima que
será el 49%. El crecimiento del volumen de exportaciones está
estrechamente relacionado con su diversificación. Tradicionalmente, el
petróleo constituía el principal producto de exportación,
de tal forma que su participación en el conjunto de las exportaciones no
descendía del 50%. Desde finales de los años ochenta y, sobre
todo, a lo largo de los años noventa fue verificándose una
intensa expansión de las exportaciones de manufacturas, de forma que en
2002 las exportaciones de petróleo representaron el 9% y en 2003, en el
que las ventas de manufacturas serán inferiores a las de 2002, las
ventas externas de petróleo representarán el 11,5% de las
exportaciones totales de bienes. Y Estados Unidos en el principal destino de
las manufacturas puesto que tras la firma del NAFTA en 1994 aumento su
capacidad de absorción hasta alcanzar el 90% de las mismas.
La debilidad de la demanda de exportaciones mexicanas por
parte de Estados Unidos es probable que sea el resultado de la pérdida
de cuota de mercado a favor de China, que se ha convertido, en el año
2003, en el segundo socio comercial de Estados Unidos sólo detrás
de Canadá. Otro ámbito que explicaría el menor dinamismo
de las exportaciones mexicanas a Estados Unidos sería el representado
por el sector del automóvil. El sector productor de partes y componentes
de automóviles constituye una parte importante de las exportaciones
mexicanas a Estados Unidos, y el hecho de que el sector en el propio mercado
estadounidense se encuentre atravesando por diversos problemas, entre ellos el
exceso de oferta, se traduce en una menor demanda de sus tradicionales
fabricantes mexicanos. En ambos casos, la depreciación del peso puede
contribuir a recuperar parte de la competitividad perdida.
Al mismo tiempo, las importaciones han disminuido debido a
la contracción de las importaciones de bienes de consumo y de bienes de
capital y al imperceptible aumento de las compras de bienes intermedios, por lo
que se ha originado una reducción del saldo negativo de la balanza
comercial, que en los nueve primeros meses del año se situó en
3.000 millones de US$ frente a los 4.500 millones de US$ en el mismo periodo
del año anterior. La balanza de servicios presenta también rasgos
favorables: mayores entradas por turismo, menores salidas por el conjunto de
los servicios y menores salidas, también, en rentas por pago de
intereses de deuda externa, remisión de beneficios y repatriación
de capitales. Los menores saldos negativos en bienes y servicios se compensan
en gran parte con las entradas de divisas por remesas de emigrantes, que
superaron la cuantía del año pasado al alcanzar a finales de
septiembre los 10.000 millones de US$. Por ello, el déficit en cuenta
corriente acumulado al tercer trimestre de 2003 apenas se situaba en 5.700
millones de US$ frente a los 9.300 millones de US$ del mismo periodo del
año 2002, por lo que cabe esperar que se cumplan las últimas
estimaciones que lo sitúan para el conjunto del año en torno a
los 9.800 millones de US$.
La cuenta financiera de la balanza de pagos registró,
a su vez, un resultado positivo a tenor de los datos acumulados al tercer
trimestre del año al registrarse un saldo positivo de 9.000 millones de
US$, que se explica principalmente por las entradas de flujos de inversiones
directas (aunque en menor cuantía que en años anteriores), ya que
las inversiones en cartera apenas ascendieron a 680 millones de dólares
en el saldo acumulado en los nueve primeros meses del año. La
inversión directa sigue con dificultades para recuperar los niveles de
los años anteriores, ya que desde el tercer trimestre de 1996 no se
había registrado un flujo tan reducido como el de los nueve primeros
meses de 2003. En gran parte se debe a la falta de expectativas con las que se
encuentra el sector manufacturero, que es el principal receptor de los flujos
de inversión. En su mayor parte, es decir casi en un 75%, proceden de
Estados Unidos y suelen estar acompañadas en segundo término por
las inversiones de Alemania, Holanda y Francia, que se sitúan en el 5%,
4% y 3,5% cada una respectivamente. A la falta de expectativas se añade
el escaso progreso en la liberalización de las inversiones en otros
sectores (como el eléctrico) y la falta de resultados de la reciente
apertura en el sector del gas. PEMEX, en agosto, abrió la
presentación de solicitudes a empresas interesadas en actividades de
explotación de gas bajo la fórmula de Contratos de Servicio
Múltiples (CSM). Las empresas interesadas reciben la concesión
para explotar la producción de gas por un periodo de entre 10 y 20
años y se comprometen a llevar a cabo las inversiones para la
exploración, producción y construcción de la
infraestructura necesaria para su distribución y entrega final a la
propia PEMEX, que sigue siendo el único propietario posible de las
actividades de gas en todo México.
México ha conseguido aumentar tanto las reservas
internacionales brutas como las netas, respecto a las que tenía a
finales de 2002, y lo que es más importante ha conseguido crear un
esquema de financiación exterior más saneado que los vigentes en
etapas anteriores a la crisis del tequila, y despejar las dudas sobre la
posibilidad de que se puedan ocasionar nuevos episodios de crisis financieras
externas a corto y medio plazo. Comenzando por este último aspecto,
México refleja una notable mejora en su posición de liquidez
medida por la relación entre la deuda externa de corto plazo y las
reservas netas internacionales con un coeficiente estimado a finales de
2003 de 0,56, frente a 1,1 de Brasil o al 2,1 de Argentina, y también de
su solvencia externa medida por la relación deuda externa sobre
exportaciones puesto que su coeficiente se sitúa en 0,7, frente a
3,0 en el caso de Brasil y 5,3 en el caso de Argentina.
Pero tan importante como despejar las posibles sombras sobre
la liquidez y la solvencia del país es la creación de un nuevo
esquema de financiación exterior que pueda sostenerse. De acuerdo con la
propuesta de Dooley, Folkerts-Landau y Garber (1), la inserción de los
países en desarrollo en el proceso de globalización
americano de las últimas dos décadas se ha realizado bien
definiendo una inserción internacional basada en el comercio y las
inversiones directas, en cuyo caso se encontrarían los países o
regiones que han buscado una inserción abierta en la economía
internacional de naturaleza comercial y se las denomina trade account
regions, o bien aquellos que han establecido su inserción mediante
la plena apertura de la cuenta financiera de la balanza de pagos, en cuyo caso
a los países y regiones que han seguido esta senda se les denomina
capital account regions. México en la etapa de Salinas de
Gortari apostó por una integración financiera como estrategia
previa a una integración comercial y productiva con Estados Unidos y
Canadá a través del esquema de integración del NAFTA. Sin
embargo, tras la crisis del tequila y con el NAFTA en vigor parece haber
cambiado de estrategia y apostar por una inserción con los mercados del
norte basada en el comercio y las inversiones directas. Esta estrategia parece
haber inaugurado un nuevo esquema de financiación externa de la
economía, es decir fortalecer la capacidad exportadora del país
para que los déficit en la balanza por cuenta corriente se sitúen
en un nivel moderado que sea plenamente financiable con las entradas de flujos
de inversiones directas. Este esquema es el que ha venido funcionando en los
últimos años, de forma que en 2003 el déficit en cuenta
corriente se cubrirá también de sobra con los flujos de
inversiones directas por más que éstos sean los más
reducidos desde 1996, pero ¿la apuesta estratégica de
inserción del país en la globalización
americana seguirá las lecciones de las economías
asiáticas o resurgirá la tentación del retorno a la
inserción financiera?
Conclusiones: La trayectoria de estabilidad
construida por México desde 1996, que le permitió alcanzar la
calificación de grado de inversión por las agencias
de rating en 2001, se ha mantenido en el año 2003. Sin embargo,
en este año el crecimiento se ha situado apenas en el 1%, y las metas
fiscales se han logrado gracias al nivel de los precios del petróleo. A
medio plazo el crecimiento va a verse afectado por el retraso en la
adopción de las reformas estructurales, principalmente la fiscal y la
energética, pero también la laboral y la del Estado. En los
próximos años, el cumplimiento de las metas fiscales
dependerá tanto del retorno a la senda de crecimiento de largo plazo,
así como de la evolución de los precios del petróleo y del
avance de la reforma fiscal. Las sombrías perspectivas han incidido en
la depreciación del tipo de cambio, la cual a su vez transmitirá
sus efectos negativos sobre la estabilidad de precios, pero todavía no
se conoce la dimensión del pass-through. La
diversificación de la pauta de exportaciones alcanzada en los
últimos lustros se ha mantenido en los años de recesión
del nuevo milenio, pero se ha establecido una nueva amplia dependencia del
comportamiento de la demanda procedente de Estados Unidos, mercado que absorbe
el 90% de las exportaciones manufactureras. Las exportaciones de bienes y
servicios y las entradas por remesas de emigrantes han contribuido a reducir de
manera significativa el déficit en la balanza por cuenta corriente, y en
mayor medida en el 2003 al verificarse una contracción de las
importaciones en coherencia con la debilidad de la demanda interna. De esta
forma, el nuevo nivel del déficit en transacciones corrientes se cubre
de sobra con las entradas de flujos de inversiones directas. Parecería,
por tanto, que tras la crisis del tequila México tendría un nuevo
esquema de financiación externa basado, principalmente, en las
inversiones directas. Este nuevo esquema, que permite financiar el saldo
negativo en cuenta corriente, podría estar configurando un nuevo tipo de
inserción de México en el proceso de globalización
internacional, lo que sin duda contribuirá a una mayor atracción
de inversiones extranjeras directas y en particular de las
españolas.
Alfredo Arahuetes García Profesor Titular de
Economía Internacional, y en la actualidad Vicedecano, de la Facultad de
Ciencias Económicas y Empresariales (ICADE) de la Universidad Pontificia
Comillas de Madrid y Colaborador del Real Instituto Elcano
Nota: (1) Dooley, M. P., D. Folkerts-Landau
y P. Garber (2003), An Essay on the revisited Bretton Woods System, NBER
Working Paper Series, nº 9971. En este texto, los autores sitúan a
México entre las regiones con una inserción del tipo capital
account y señalan que como tiene un sistema de tipo de cambio flotante,
su tipo de cambio tenderá a apreciarse respecto al dólar de
Estados Unidos y sus exportaciones perderán competitividad, siendo
desplazadas por las exportaciones de los países asiáticos.
Blázquez y Santiso (2003) sostienen, sin embargo, aunque a partir de
otro enfoque, que desde 1996 México ha seguido un nuevo esquema de
financiación externa |